Orar según la voluntad de Dios
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La Llave de la Oración: orar conforme a la voluntad de Dios
Dios posee un plan eterno, pero para llevar a cabo Su obra y ejercer Su gobierno en la tierra, ha decidido limitar Su ejecución a la colaboración del hombre. El hombre tiene libre albedrío, y en este principio, Dios requiere que la iglesia se ponga de acuerdo con Él en la oración. Muchos creyentes sinceros elevan plegarias largas y elaboradas que no obtienen respuesta porque no han encontrado la «llave». Las palabras en la oración son indispensables, pero solo aquellas que van al grano, que tocan el corazón de Dios y que concuerdan estrictamente con Su voluntad, poseen la autoridad necesaria para que Él no tenga alternativa sino responder.
1. Ejemplos bíblicos: basarse en la voluntad divina
En la historia bíblica, vemos hombres que hallaron la llave precisa. Abraham, al interceder por Sodoma, se basó en la justicia inalterable de Dios; su oración fue concisa y efectiva porque tocó la naturaleza misma de Dios. Josué, tras la derrota en Hai, no se enfocó en el peligro de Israel, sino en el dolor causado a la deshonra del nombre del Señor, preguntando: «¿Qué harás tú a tu grande nombre?». Esta fue su llave, pues a Dios le importa Su propio nombre y no puede tolerar el pecado. Por otro lado, David, ante tres años de hambre, no se limitó a pedir una cosecha abundante, sino que consultó la causa espiritual del problema. Al eliminar el pecado que obstruía el mover de Dios, la tierra recibió el suministro necesario. Todos ellos fueron al grano porque buscaron la causa y la voluntad de Dios, no sus propios deseos.
2. La autoridad de la iglesia: atar y desatar en la tierra
El principio establecido en Mateo 18:18 es radical: «todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo». Esto implica que la acción del cielo está, en la era actual, sujeta a la acción de la tierra. Dios no desea hacer lo que el hombre no quiere, y aunque Él tiene poder ilimitado, la manifestación de este poder depende de cuánto la iglesia colabora con Su voluntad. Cuando la iglesia conoce el beneplácito de Dios y lo expresa mediante la oración, la autoridad de Dios es liberada. El caso de Moisés alzando sus manos frente a Amalec ilustra esto perfectamente: aunque Dios quería la victoria para Israel, esta solo se concretó cuando el hombre en la tierra cumplió su función de sostener la mano de la autoridad divina.
3. Demandar de Dios sobre Su propósito
La Biblia nos da una instrucción sorprendente en Isaías 45:11: «Preguntadme de las cosas por venir, mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos». Solo podemos demandar de Dios cuando nuestras peticiones tienen como objetivo los asuntos que ya están en Sus manos, en Su propósito y en Su voluntad. La oración conforme a la voluntad de Dios es posible únicamente cuando estamos en armonía con Él, dejando de lado nuestras emociones y peticiones egoístas. La iglesia cumple su ministerio cuando ora con anticipación por lo que Dios desea realizar, convirtiéndose en el vehículo por el cual Su poder ilimitado se manifiesta finalmente en el tiempo y el espacio.
Conclusión y disfrute práctico: La llave de la oración no radica en la elocuencia ni en la extensión de nuestras palabras, sino en la especificidad que se alinea con el propósito eterno de Dios. Debemos dejar de intentar forzar a Dios a que cumpla nuestros deseos para comenzar a consultar Su voluntad y atar o desatar en la tierra conforme a lo que Él ya ha decretado en el cielo. Cuando nuestra oración personal y corporativa tiene como único punto de mira el propósito divino, nos convertimos en verdaderos colaboradores que permiten que el gobierno de Dios se establezca sobre toda la tierra. ¡Qué deleite es descubrir esta realidad! Al alinear nuestra voluntad con la Suya, nuestras oraciones dejan de ser cargas pesadas y se convierten en el ejercicio de una autoridad delegada que nos permite participar del gobierno celestial, trayendo paz, orden y vida allí donde antes solo había derrota.
La Santa Biblia, Versión Recobro (Notas de estudio en Gn18:25, Jos.7:9, 2 S. 21:1, 14, Mt. 18:18, Éx. 17:8-16, Is.45:11).
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